Un juez estadounidense pide consejo a hijos de acusados para dictar sentencia


El magistrado Frank Caprio se convierte en una estrella viral por la compasión que muestra con los acusados y su sensibilidad

“¿Quién es el pequeño que está contigo?”, pregunta el juez Frank Caprio al adulto que está en pie ante el banquillo. “Mi hijo, Jacob”. El magistrado levanta la mano derecha y le saluda. “Anda, ven aquí y ayúdame porque tengo problemas con este caso”, le dice. El niño se acerca y se sienta en sus piernas. El público no puede contener la risa, sorprendido. “Tengo tres opciones: cargarle 90 dólares, 30 dólares o nada”, le explica al pequeño, “¿qué piensas que debo hacer?”.

(Este ejemplo me recuerda el libro “El buen juez Magnaud” sobre el juez francés Pablo Magnaud que sorprendió a Francia y cuya fama atravesó fronteras, nació en 1848 en la provincia de Bergerac. Estudió Derecho y por sus merecimientos pronto ingresó a la carrera judicial, iniciando su brillante trayectoria como empleado de diferentes tribunales, la que culminó como Presidente del Tribunal de Distrito de Cháteau-Thierry, cargo que desempeñó hasta el 5 de julio de 1918. Murió en 1926. )

Caprio, de 80 años, no es un actor. Es un juez real, que trabaja en un juzgado municipal de Providence (Rhode Island) desde 1985. Los vídeos que llegan desde la sala se están haciendo virales, por su compasión. Jacob, muy convencido, le responde que la multa a su padre por aparcar mal su coche debe ser de 30 dólares. El juez acepta y le pregunta si ha desayunado. “No”, responde después de pensárselo unos segundos. “Pues voy a llegar a un pacto con tu padre. Si te lleva a tomar algo le perdono la multa, pero vas a tener que pedir muchas cosas”.

El vínculo que tiene Caprio con la comunidad a la que sirve como juez es insólito y excepcional. El magistrado explica que trata de entender las necesidades de los vecinos y las circunstancias que dominando sus vidas. Admite que tiene una especial sensibilidad con los niños, por eso con bastante frecuencia pide a los hijos de los acusados, como Jacob, que tenía cinco años cuando se celebró el juicio, que le hagan compañía. Les hace preguntas y les pide consejos para poder determinar el veredicto que considera justo para la familia.

Caprio cuenta que su abuelo fue arrestado una noche mientras jugaba a las cartas con unos amigos, por una pelea. “Mi abuela suplicó al juez para que no lo mandara a prisión mientras mi padre pedía disculpas”, cuenta. El juez pidió al hijo que se acercara, como hace él ahora, y le explicó que lo mandaba a casa de vuelta con la familia porque consideraba que era un buen hombre que tuvo una mala noche. Consideró que era más importante que siguiera trabajando para mantenerlos. “Este juez tuvo un profundo impacto en nuestras vidas”, admite.

Ese gesto de compasión es el que busca replicar ahora en su juzgado. El tribunal, dice, debe ser un lugar amistoso, no de confrontación o en el que se ridiculiza a la gente por sus acciones. Hacer justicia, insiste, no debe ser visto como que las autoridades públicas “va a la caza de la gente”. “Estamos ahí para ayudar”, concluye, “no hay una día en el que no piense en esa historia, especialmente cuando hay niños en la sala”. Los hijos, comenta, acuden a la corte de la mano de sus padres, como si fueran ellos sus protectores, dándoles cobijo.

Los vídeos de Caprio con sus estrellas reales de reparto suman millones de clicks en YouTube. A los adolescentes que acuden a la corte por multas de tráfico le dice que les perdona la sanción si ese dinero lo destinan a estudiar. El juez cree que las historias que llegan desde la sala se hacen virales porque el público está acostumbrado a ver en las series de televisión y las noticias que la institución de la Justicia no tiene nunca en cuenta las circunstancias personales del acusado.

Fuente: periódico EL PAIS de España