La masificación de los celulares


Por: Tulio Elí Chinchilla
La masificación de los teléfonos celulares: Una oportunidad para las operadoras
La masificación de los teléfonos celulares: Una oportunidad para las operadoras

SEGÚN LA COMISIÓN NACIONAL DE TELECOMUNICACIONES el número de abonados de la telefonía móvil ha llegado a 37 millones. Como pocas industrias, ésta logró un crecimiento increíble del 11% durante el pasado semestre, arrasando a su paso a la telefonía fija, que queda relegada a apenas 8 millones de suscriptores (decrecimiento del 0,43%).

Cruel ironía: en un país en el que –según el Índice de Desarrollo Humano medido por el PNUD– 22 millones de personas viven bajo la línea de pobreza (con dos mil pesos al día), el 88% de la población, en cambio, tiene acceso a un teléfono celular. En tanto que para garantizar a cada persona el derecho al agua potable se ha hecho necesario un referendo que así lo decrete, en los últimos catorce años aún los más humildes ciudadanos –asalariados agrícolas, vendedores de los semáforos, empleadas del servicio doméstico– han ganado la posibilidad de acceder a la telefonía móvil en forma cada vez más expedita y barata. El número de usuarios de esta tecnología supera en diez millones el de ciudadanos y al de personas en capacidad de trabajar.

Tan acelerada masificación de este artilugio no sólo evidencia su capacidad de explotar la más sentida necesidad de la sociabilidad humana: la comunicación, sino que exhibe sin pudores el poder avasallante de las nuevas tecnologías. Al tiempo, nos muestra un ángulo democrático del mercado capitalista.

Como toda popularización, la “democratización” de los celulares comporta sus costos: no hay aparato tecnológico más irrespetuoso de la privacidad, con mayor efecto perturbador sobre el sosiego personal y sobre el tranquilo discurrir de las actividades ciudadanas. No hay celular que no repique insolente –y con qué timbres– durante el adagio de un concierto, al momento de la elevación de la Ostia o en el pasaje más sutil de la conferencia científica. No hay docente universitario que no tenga que soportar la salida intempestiva de no menos de cuatro o cinco estudiantes del salón de clase para atender las llamadas que ingresan a sus impertinentes móviles.

Y, por supuesto, la calidad del sonido se ha degradado tanto, que la voz humana a través del celular se parece más bien al mensaje proveniente de un remoto astronauta. De otro lado, contrastando con la reserva que siempre protegió al número telefónico domiciliario, el del celular devino en el más público de los datos personales, número solicitado sin sonrojo por todo extraño o apenas conocido. Con un agravante: responder al celular es un acto personal e intransferible, no delegable en secretarias o asistentes. Por todo eso, tal vez tenga razón quien sentenció que los teléfonos móviles representan un castigo de la naturaleza al hombre por haber éste confiado excesivamente en la tecnología.

Todo ello sin contar que la masificación de la telefonía móvil impone el cobro de la más regresiva de las tarifas a un servicio que se ha tornado esencial: el costo del minuto de comunicación crece vertiginosamente a medida que disminuye la cantidad de ellos que pueden comprarse. Amén de que no operan aquí los subsidios y compensaciones que la ley había otorgado a la telefonía fija de los estratos 1, 2 y 3. Finalmente, cabe preguntar: ¿no deberían las encuestas telefónicas recurrir más bien a los celulares? ¿Estarán próximos a publicarse los directorios de teléfonos móviles?

Fuente: El Espectador 06/11/2008