La enfermedad del delincuente


 

Con ánimo de incrementar la discusión en torno a este tema, transcribo la columna de Lucy Nieto de Samper, recientemente publicada en El Tiempo.

“Que el propio padre planeara el asesinato de su hijito de 11 meses porque era un estorbo en la relación con su amante desbordó el dolor y la indignación de la gente. Aunque todos los días aparecen niños asesinados, nunca la protesta por un crimen había sido tan nutrida, ni tan intensa. Y algunos noticieros de TV, buscando rating, explotaron la tragedia. Con interminables transmisiones sensibleras, irrespetando el dolor de la madre y manoseando la imagen del niño, acapararon audiencia por varios días. “El amarillismo apareció en todos sus tonos”, escribió Javier Darío Restrepo. “Hubo un montaje oportunista y pornográfico grotescamente desproporcionado”, escribió Antonio Caballero. Después del crimen sigue el castigo. ¿Qué pena merecen asesinos, violadores, secuestradores, torturadores de niños? Algunos piden pena de muerte, y el Vicepresidente la consideró posible; la descartó el presidente Uribe. Y la historia demuestra que la pena de muerte, aplicable en algunos países, no reduce la criminalidad. Caryl Cheesman, autor del libro 2455 Pabellón de la Muerte, un criminal que durante seis años burló la justicia, condenado por fin a la silla eléctrica, dijo antes de morir: “Hoy acaban conmigo, pero legiones de Cheesman seguirán con vida; y no habrán solucionado el problema”.

A través de un plebiscito que lidera la concejal Gilma Jiménez, se busca establecer en Colombia la cadena perpetua para los delincuentes que atenten contra la vida, la seguridad, la dignidad y la integridad de los menores de edad. En el programa Veredicto, que dirige Néstor Morales en Canal Capital, se debatió el tema y la concejal, con un grupo de apoyo, reforzó su propuesta. La refutó, respaldado por abogados, el congresista Roy Barreras. Al final, una encuesta favoreció la propuesta de introducir en Colombia la cadena perpetua. Concentrados en debatir qué clase de pena merecen los delincuentes, poco se ha analizado el porqué del comportamiento del criminal. Las cárceles viven atestadas de toda clase de criminales que, casi siempre, cuando quedan libres, siguen delinquiendo.

El médico Mauro Torres, especialista en ciencias psicológicas y antropológicas, investigador permanente del cerebro humano, visita las cárceles y ha conocido a muchos delincuentes. Dice que existe en la mente humana un flagelo que él denomina compulsión. “Es una poderosa fuerza mental que empuja violentamente a quien la padece a realizar comportamientos patológicos que brotan del área órbito-frontal del hemisferio cerebral derecho”. El delincuente es un enfermo compulsivo.

Encerrado en una cárcel, la sociedad y la criminología se libran de él, pero el castigo no reforma al criminal, dice el médico Torres, a quien conocidos criminales le han confesado que una fuerza irresistible los empuja a delinquir. Ellos le han dicho: “El deseo de asesinar me enceguece”; “Sentí el dolor del castigo, pero no me arrepiento”; “Se siente un impulso muy berraco que no se puede controlar”; “Es como si tuviera dentro de mí un Yo que manda más que yo”. Al preguntarle a Garavito, asesino de centenares de niños, por qué sus relaciones sexuales han sido con niños y no con adultos, el hombre respondió secamente: “Porque así me nace”.

Según el doctor Torres, “la compulsión campea victoriosa en los países y afecta gravemente el comportamiento de los pueblos, sin que haya investigaciones para conocerla, ni procedimientos científicos para combatirla”. Dice, por lo tanto, que es mejor no reducir el tema a crimen y castigo, como en el libro de Fedor Dostoievski, sino hablar de crimen y conocimiento. Porque es necesario conocer al delincuente. Lo deben conocer los criminólogos para estudiarlo y deben conocerlo los científicos para investigar la naturaleza humana y el comportamiento del cerebro.

En tiempos tan violentos, cuando el crimen y la corrupción están a la orden del día, además de extremar la protección y los cuidados de niños, niñas y adolescentes, es urgente desarrollar una seria política de prevención. Pues, si niños y jóvenes llamados “difíciles” no reciben a tiempo atención especializada, terminarán engrosando la población carcelaria. Y salir de ese hoyo es casi imposible.”

lns@cable.net.co

 

Lucy Nieto De Samper